Sucesivas ocupaciones de distintos pueblos legaron a Idanha a Velha un valioso patrimonio histórico.
A quien visita esta modesta aldea y observa su ritmo pacifico, le resultará difícil imaginar que se encuentra en la antiquísima y floreciente Civitas Igaeditanorum romana, situada en la gran carretera peninsular que conectaba Emerita (Mérida), a Braccara (Braga); en Egitánia, sede del obispado de la época visigoda (s. VI-VII), acuñó moneda de oro para casi todos los reyes visigodos, desde Recaredo a Rodrigo; en la Idánia musulmana (s. VIII-XII) alcanzó una gran dimensión y era una rica ciudad, casi tan rica como Lisboa.
Vivió después el tiempo de lucha entre cristianos y musulmanes en el primer siglo de la nacionalidad portuguesa, cuando D. Afonso Henriques la donó a la Orden de los Templarios para su repoblación.
Con el paso del tiempo y desplazamiento de los grandes ejes estratégico-militares fue perdiendo su grandeza. Pero no perdió su aire de tiempos pasados. Quien la visite se sentirá en un museo al aire libre, en el que grandes civilizaciones todavía se afirman en los vestigios que nos dejaron.
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