Alcobaça está rodeada por verdes colinas y es famosa por sus manzanas, sus cerámicas, sus cristales y las dulces “broinhas” del Monasterio.
Y es que en Alcobaça se encuentra el Monasterio que fue fundado por el rey Afonso Henriques y donado a la Orden del Cister. La abadía francesa de Claraval dictó los cánones a seguir para su construcción, siendo posible “escuchar” todavía los cantos y rezos de los monjes... En realidad, estamos ante la iglesia más grande de Portugal, dominada por la austeridad de la regla de San Bernardo y en la que sobresalen los sepulcros de Don Pedro y Doña Inés de Castro. El claustro y el refectorio contribuyen también a engrandecer el misticismo que rodea a este monasterio, declarado Patrimonio de la Humanidad. No obstante, de Alcobaça no nos podemos marchar sin contemplar tampoco el Museo Nacional del Vino donde, incluso, se puede apreciar la pelusilla que rodea a los racimos: todo natural.
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