En Provenza, la Francia más soleada y mediterránea, se halla Nimes, una de las ciudades de mayor personalidad. La vieja urbe conserva restos romanos de gran calidad, posee espacios urbanos sumamente agradables, anchas avenidas y agradables enclaves de sabor histórico.
No es una ciudad grande, tiene algo más de 100.000 habitantes, pero está cargada de lugares de interés.
La urbe no es agobiante; la construcción es baja y la vegetación abundante, casi subtropical, como resultado de una climatología benigna y una abundancia de agua, abundancia que tuvo una incidencia histórico-religiosa que veremos en otros capítulos.
Nimes es ciudad de piedra blanca, piedra que ha dado un carácter común a sus restos romanos, palacios medievales y templos cristianos;
Y es ciudad de toros.
Se dice que la urbe es la más española de las francesas. El toro es un tótem de local. En medio de la ciudad, el viejo anfiteatro sigue siendo centro de espectáculos. En él disfrutan los aficionados taurinos con las corridas más populares del territorio francés; ante él, aparece la estatua de un torero, mirando al suelo, con semblante serio, casi filosófico. Es la efigie de Nimeño II, prestigioso matador francés.
Básicamente, el barrio antiguo está recogido en un espacio triangular formado por los bulevares Gambetta, Courbet y Víctor Hugo. Es un espacio que merece la pena recorrer tranquilamente. En él se hallan elementos destacados como la Maison Carrée, les Arènes, la Puerta de Augusto o la plaza del Mercado.
Otro ámbito urbano sumamente recomendable está en torno al Jardín de La Fontaine, con el templo de Diana y la Tour Magne.
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