Sus antepasados zarparon una fría madrugada desde el puerto de Rotterdam, escapando de la pobreza, hacia lo incierto. Pero de eso hace tiempo. El nieto Bill Clinton sale del rascacielos. En la calle, un poco más de 50 personas lo saludan. Sus ocho guardaespaldas lo siguen de cerca. Cada vez es el mismo ritual. Da un paso, extiende la mano, y su mirada color azul acero se detiene en su interlocutor derecho. Dice “hi” y aprieta la mano más fuerte por unos segundos, y sigue. Es un animal político sin errores o casi. En su muñeca derecha tiene un pesado Rolex.
Clinton, dos veces presidente de los Estados Unidos, presentó en Rotterdam su último libro: Giving. How Each of us can change the world (Dando. Cómo cada uno de nosotros puede cambiar el mundo), donde expone las claves para sacar a los países de la pobreza.
El ex presidente se reconvirtió en sacerdote redentor o salvador del mundo. Por medio de su fundación, la Clinton Global Iniciative, persuade a filántropos ricos y progresistas a invertir en el otro lado del mundo.
El frío y la niebla portuaria son a cualquier hora indecentes. En el extremo de Wilhelminapier se levanta, entre torres de cristal y antiguos almacenes de la Compañía de las Indias Orientales, el histórico hotel New York.
De inmigrantes al lujo. El hotel, a fines del siglo 19, abrigó las últimas noches de tantos europeos, rusos y judíos, que embarcaban hacia la tierra prometida: los Estados Unidos.
Hoy es un hotel de lujo, de estilo art decó, cuyo interior está decorado como un barco. El tiempo pasó, pero el ambiente quedó impregnado de la tristeza de muchos inmigrantes que tenían poco, pero seguro, y se aventuraban por un sueño.
Rotterdam, entretanto, tiene 600 mil habitantes, menos de la mitad de la población de Córdoba capital. Es el iceberg de la Europa del siglo 21, segunda ciudad de los Países Bajos, y primer puerto de Europa.
A simple vista su masculinidad radica en los edificios erectos. Su símbolo es el Erasmusbrug, o puente Erasme. Tiene 802 metros y está suspendido desde un único mástil de 140 metros. Parece un cisne además de las piernas abiertas de una mujer. Su nombre viene de Desiderius Erasmus Roterodamus, humanista y teólogo nacido en Rotterdam, una de las figuras más importantes del renacimiento. Fuente:lavoz.com.ar
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